Comentario del evangelio de la Epifanía del Señor: El testimonio de los Magos nos invita a acallar las pasiones para poder escuchar la voz de Dios / Por P. José María Prats

Escrito por Redacción. Publicado en Meditaciones del P. José María Prats.

“Dios nos atrae continuamente hacia Jesucristo a través de multitud de signos: la experiencia del amor y del sufrimiento, las palabras y el testimonio de otras personas, el deseo espontáneo de dar sentido a nuestra vida... Pero a menudo, prisioneros de nuestras comodidades, pasiones y proyectos, somos incapaces de reconocer estos signos y de ponernos en camino hacia Cristo”

La Epifanía del Señor:

Isaías 60, 1-6 / Sal 71 / Efesios 3, 2-3a.5-6 / Mateo 2, 1-12

de enero de 2017.-  (P. José María Prats / Camino Católico)La historia de los Magos de Oriente que narra el evangelio de hoy es una historia preciosa que nos habla de las etapas de la vida espiritual que nos llevan hasta el encuentro personal con Jesucristo. Veamos cuáles son estas etapas y el significado de cada una de ellas.

Primera etapa: Los signos y la búsqueda de Dios

Todo en la vida espiritual tiene su origen en Dios. Podemos amar a Dios «porque Él nos amó primero» (1 Jn 4,19), podemos salir en su busca porque Él «se ha hecho el encontradizo» (Is 65,1). «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre» ‒dice Jesús (Jn 6,44). Dios nos atrae continuamente hacia Jesucristo a través de multitud de signos: la experiencia del amor y del sufrimiento, las palabras y el testimonio de otras personas, el deseo espontáneo de dar sentido a nuestra vida... Pero a menudo, prisioneros de nuestras comodidades, pasiones y proyectos, somos incapaces de reconocer estos signos y de ponernos en camino hacia Cristo.

El signo de una estrella  ‒visible para todos‒ apareció en el cielo indicando el nacimiento del Rey de los judíos, pero sólo unos Magos de Oriente supieron reconocerlo y ponerse en camino hacia Él. Eran hombres puros, apasionados por la verdad y dispuestos a abandonarlo todo para salir en su búsqueda. Su testimonio nos invita a acallar nuestras pasiones para poder escuchar la voz de Dios que, a través de sus signos, nos llama hacia sí.

Segunda etapa: El encuentro con el Pueblo de Dios

La estrella llevó a los Magos a Jerusalén. Jerusalén representa al Pueblo de Dios, a la Iglesia. Aunque a algunos les pese, no se puede llegar a Cristo sin pasar por la Iglesia. Ella custodia la palabra que Dios ha dado a su Pueblo y que nos guía en nuestro caminar hacia Él. Por las Escrituras, los Magos supieron el camino, supieron que debían dirigirse hacia Belén.

Esta parada de los Magos en Jerusalén nos advierte de la importancia de conocer las Sagradas Escrituras y las riquezas con que el Espíritu Santo ha ido adornando a su Iglesia: los escritos de los Padres, la experiencia espiritual de los santos, el testimonio de los mártires... Caminamos hacia Cristo acompañados, guiados y alimentados por la Iglesia.

Pero esta etapa nos presenta también el lado oscuro y la infidelidad del Pueblo de Dios. Dice el evangelio que toda Jerusalén se sobresaltó con la llegada de los Magos. Ellos conocían la palabra de Dios pero no querían escucharla, indicaron a los Magos dónde tenía que nacer el Mesías pero no quisieron ponerse en camino con ellos. El sobresalto de Jerusalén es la vergüenza y la zozobra de quien ha claudicado en el empeño de vivir en la verdad y ve llegar a los buscadores de Dios que no se han dejado vencer por el mundo y caminan gozosos hacia su eterna bienaventuranza.

Y nosotros, ¿qué hemos hecho del tesoro de nuestra fe? ¿Es fuente permanente de dinamismo hacia Cristo o la hemos aguado y domesticado para seguir nuestros caminos con la conciencia tranquila?

Tercera etapa: La noche oscura

El relato da a entender que al salir de Jerusalén los Magos no podían ver la estrella, pues ésta apareció «de pronto» y «al verla se llenaron de inmensa alegría». Una vez que Dios nos ha dado a conocer su palabra y nos ha mostrado el camino hacia sí, nos hace vivir lo que los místicos han llamado «la noche oscura del alma», unos períodos de tiempo –a veces muy prolongados– en los que experimentamos una gran sequedad espiritual, como si Dios hubiera desaparecido dejándonos desamparados. Son tiempos de prueba, de purificación y crecimiento, tiempos de lucha tenaz y constante contra el poder del mal, representado en esta historia por el Rey Herodes que intenta convertir el camino de los Magos hacia la vida en un camino de muerte.

Cuarta etapa: El camino hasta la cueva de Belén

«De pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño» y «al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría». En el momento menos pensado, después de haber sido probados y purificados por la noche oscura, vuelven a aparecer –y ahora con mucha mayor intensidad y nitidez– la luz y la fuerza con que Dios nos llamó en un principio. Y esto nos llena de una inmensa alegría, porque comprendemos que la prueba tenía un sentido y que Dios –que parecía ausente– estaba amándonos y purificándonos de nuestra mundanidad. La luz que un día nos puso en camino, se convierte ahora en la efusión del Espíritu Santo que nos lleva hasta nuestro destino, hasta el encuentro personal e íntimo con Jesucristo, a quien antes conocíamos sólo de oídas y ahora podemos contemplar cara a cara.

Quinta etapa: El encuentro con Jesucristo

«Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.» Después de ver signos en el cielo, de escuchar profecías antiquísimas sobre el Mesías en Jerusalén y de haber recorrido un camino tan largo, ¿no esperaríamos una manifestación grandiosa y deslumbrante de la gloria de Dios? Nosotros sí, pero los Magos no, porque la noche oscura les había hecho comprender que el poder y la gloria no se encuentran en la opulencia ni en lo que es grande y valioso a los ojos del mundo, sino en el don de Dios que se manifiesta de forma humilde, callada y escondida. Por eso, al ver al Niño con su madre, cayeron de rodillas, confesándole con sus regalos como rey y como Dios y hombre verdadero: oro por su realeza, incienso por su divinidad y mirra por su condición de verdadero hombre mortal.

Sexta etapa: La vida mística

«Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino». El encuentro con Jesucristo y la vida vivida a partir de ese momento como relación vivificante con Él, convirtieron a los Magos en hombres nuevos, en místicos; y sus caminos no volvieron a ser nunca más los de antes. De hecho, dejaron de ser “sus caminos” para convertirse en los caminos de Dios. Como dice Jesús a Pedro: «En verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras» (Jn 21,18). Y estos nuevos caminos –los caminos de Dios– son ahora inaccesibles a las fuerzas del mal, a las ansias de poder y a los designios de muerte del rey Herodes.

Que Dios nos conceda caminar siempre por estos caminos para poder un día contemplar nuevamente a este Niño, resucitado y glorioso, en el banquete eterno que ha preparado para los que le aman.

P. José María Prats

Evangelio

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

- «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y, venimos a adorarlo. »

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron:

- «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel.”»

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:

- «ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.»

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Mateo 2, 1-12

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