Comentario del evangelio del Domingo: Establecer un diálogo sincero y profundo con Jesús para que nos aparte de lo que todavía nos esclaviza / Por P. José María Prats

Escrito por Redacción. Publicado en Meditaciones del P. José María Prats.

El evangelio nos presenta de ejemplo a la Samaritana y lo que le ocurre dialogando con Cristo está muy claro: “ha tenido lugar el milagro de la fe y dentro de esta mujer ha penetrado el Espíritu de Dios, en ella ha brotado un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. Y su alegría es tan grande que no puede contenerla y parte inmediatamente hacia el pueblo para compartir con su gente lo que acaba de vivir”

Domingo III de Cuaresma – Ciclo A:

Éxodo 17,3-7 / Salmo 94 / Romanos 5, 1-2.5-8 / Juan 4, 5-42

19 de marzo de 2017.-  (P. José María Prats / Camino Católico) La Cuaresma se estableció en los primeros siglos de la Iglesia como un período penitencial y catecumenal. Durante los cuarenta días previos a la celebración del Triduo Pascual, los pecadores públicos intensificaban sus penitencias para recibir la absolución el Jueves Santo de manos del obispo y los catecúmenos recapitulaban su preparación para ser bautizados en la Vigilia Pascual.

El carácter catecumenal del tiempo cuaresmal se manifiesta especialmente en este ciclo A en los tres pasajes del evangelio de San Juan que leemos a partir de este domingo y que constituyen unas magníficas catequesis bautismales.

Hoy se nos presenta la figura de la samaritana, una mujer atrapada en las redes del pecado a quien Jesús libera haciendo brotar en ella las aguas del Espíritu y conduciéndola hacia el verdadero culto, en espíritu y en verdad.

El relato describe estupendamente la realidad personal de la samaritana. Su viaje cotidiano al pozo de Jacob tiene un profundo significado simbólico: esta mujer, como todos nosotros, tiene sed de plenitud de vida y, por ello, sale diariamente en busca de aquello que pueda apagar esta sed.

Los cinco “maridos” ilegítimos que ha tenido representan las fuentes a las que ha acudido para saciar su sed. Podríamos ponerles nombres como dinero, drogas, sexo, poder o fama. Con todos ellos ha tenido un profundo desengaño: ¡Cuánto esfuerzo y qué precio tan alto le han obligado a pagar por un momento fugaz de gloria! Y es que –como bien dice ella– el pozo de Jacob es hondo, las aguas escasean y para conseguir un pequeño sorbo hay que pelearse con todo el mundo.

Está muy claro que la samaritana está cansada y asqueada de todo. Ojalá –piensa ella– alguien le diera de beber un agua que saciara definitivamente su sed y no tuviera que volver nunca más junto al pozo de Jacob donde tanto ha sufrido y tan poco fruto ha cosechado. He aquí, pues, la realidad personal de esta mujer y la de tantos otros que no han tenido un verdadero encuentro con Jesucristo.

El evangelio nos muestra cómo Jesús penetra y transforma esta realidad. Sentado junto a la samaritana, la invita a un diálogo en el que irá tomando conciencia de su situación y descubrirá la fuente de la que mana el agua que es capaz de saciar su sed de plenitud de vida.

Con su delicada pedagogía Jesús la va iluminando, elevándola poco a poco desde su problema cotidiano de tener que ir cada día a buscar agua hasta las preguntas más sublimes sobre el verdadero culto y el Mesías. Y es entonces cuando tiene lugar la manifestación imponente, formidable de la identidad mesiánica de Jesús: «Yo soy: el que habla contigo».

Después de esta afirmación, el evangelio pone un punto y aparte y cambia discretamente de tema, pero nosotros deberíamos guardar un momento silencio. Nada dice el texto –por respeto a lo inefable– de la reacción de la samaritana, pero lo que ha ocurrido está muy claro: ha tenido lugar el milagro de la fe y dentro de esta mujer ha penetrado el Espíritu de Dios, en ella ha brotado un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. Y su alegría es tan grande que no puede contenerla y parte inmediatamente hacia el pueblo para compartir con su gente lo que acaba de vivir.

Que en este tiempo de Cuaresma en que, acompañando a los catecúmenos, nos preparamos para renovar nuestro bautismo, sepamos establecer un diálogo sincero y profundo con Jesús para que nos aparte definitivamente de esos cinco maridos que todavía nos esclavizan y haga renacer con fuerza en nosotros los ríos de agua viva capaces de saciar nuestra sed.

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial.

Era alrededor del mediodía.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:

—«Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice:

—«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?».

Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Jesús le contestó:

—«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice:

—«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

Jesús le contestó:

—«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice:

—«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

Él le dice:

—«Anda, llama a tu marido y vuelve».

La mujer le contesta:

—«No tengo marido».

Jesús le dice:

—«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

La mujer le dice:

—«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice:

—«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad».

La mujer le dice:

—«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

Jesús le dice:

—«Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:

—«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?».

Salieron del pueblo y se pusieron en camino a donde estaba él.

Mientras tanto sus discípulos le insistían:

—«Maestro, come».

Él les dijo:

«Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis».

Los discípulos comentaban entre ellos:

—«¿Le habrá traído alguien de comer?».

Jesús les dice:

—«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.

¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.

Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:

—«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Juan 4, 5-42 

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