Comentario del evangelio del Domingo: Abrirse a la palabra de Dios para dar frutos de vida eterna / Por P. José María Prats

Escrito por Redacción. Publicado en Meditaciones del P. José María Prats.

“Las personas que se abren a la palabra de Dios, reconocen su valor incomparable y, en consecuencia, no cejan en el empeño de ser siempre fieles a ella, dedicándole la atención y energías que merece… Los frutos producidos por la palabra de Dios están mucho más allá de lo que el ser humano puede alcanzar con su esfuerzo, están en el ámbito de lo eterno e imperecedero: son frutos de vida eterna”

Domingo XV del tiempo ordinario – Ciclo A:

Isaías 55, 10-11 / Salmo 64 / Romanos 8, 18-23 / Mateo 13, 1-23

16 de julio de 2017.-  (P. José María Prats / Camino CatólicoLa liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre la palabra de Dios. En la primera lectura, Isaías compara esta palabra con la lluvia, que cae del cielo sobre la tierra, la empapa, la fecunda, la hace germinar y regresa de nuevo al cielo dejando una estela de frutos. Esto se aplica particularmente a Jesucristo, la Palabra definitiva del Padre que descendió sobre la tierra por el misterio de la Encarnación, la fecundó y transformó con su vida y su muerte, y regresó de nuevo al Padre arrastrando consigo a todos los que la acogieron por la fe.

Pero así como el fruto que produce la lluvia depende de la calidad de la tierra que la recibe y de si ha sido convenientemente arada y preparada, el fruto de la palabra de Dios depende de la actitud y de las disposiciones de las personas que la reciben.

En el evangelio, Jesús compara la palabra del reino no ya con la lluvia, sino con la semilla que un sembrador salió a sembrar por doquier, y pone ejemplos de algunos tipos de tierra que no son capaces de hacer fructificar esta semilla:

La tierra al borde del camino está tan endurecida que la semilla no puede echar raíces en ella. Son las personas que se han ido cerrando a la acción de Dios y han quedado sometidas al poder del mal, que neutraliza enseguida cualquier influjo de la palabra de Dios.

El terreno pedregoso no tiene suficiente profundidad de tierra como para que la semilla pueda arraigar sólidamente. Son las personas que se sienten atraídas por la maravilla que supone una vida en santidad sujeta a la palabra de Dios, pero que en el día a día no son capaces de cumplir con sus exigencias.

La tierra llena de zarzas no dispone del espacio necesario para que pueda germinar una nueva semilla. Son las personas que se han dejado absorber de tal manera por los afanes de la vida y el bienestar material que no tienen tiempo ni energías para desarrollar su vida espiritual.

La tierra buena, en cambio, es permeable a la semilla, es lo suficientemente profunda como para que ésta pueda arraigar sólidamente, y tiene espacio disponible para que la planta pueda crecer, desarrollarse y dar fruto. Son las personas que se abren a la palabra de Dios, reconocen su valor incomparable y, en consecuencia, no cejan en el empeño de ser siempre fieles a ella, dedicándole la atención y energías que merece.

Es importante prestar atención al dato cuantitativo del fruto producido por la semilla que cayó en tierra buena: en unos casos el ciento, en otros el sesenta y en otros el treinta por uno. En la Palestina de la época de Jesús lo máximo que podía llegar a producir una semilla era entorno al siete por uno. Las cantidades referidas por Jesús nos dan a entender que los frutos producidos por la palabra de Dios están mucho más allá de lo que el ser humano puede alcanzar con su esfuerzo, están en el ámbito de lo eterno e imperecedero: son frutos de vida eterna.

P. José María Prats

Evangelio

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía:

«Una vez salió un sembrador a sembrar.

Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron.

Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron.

Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron.

Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta.

El que tenga oídos, que oiga.»

Y acercándose los discípulos le dijeron:

«¿Por qué les hablas en parábolas?»

El les respondió:

«Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.
Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará.

Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple la profecía de Isaías: Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane.

«¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!
Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

«Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador.

Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. 

El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumba enseguida.

El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto.

Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.»

Mateo 13, 1-23

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