Comentario del evangelio de la solemnidad de Inmaculada Concepción: «llena de gracia» toda su vida / Por P. José María Prats

Escrito por Redacción. Publicado en Meditaciones del P. José María Prats.

“Pero María no es sólo la Madre del Señor; es también –como dice el Génesis– madre de “una estirpe”: «establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya». Esta estirpe es el Pueblo de Dios, representado en la corona de doce estrellas que lleva sobre su cabeza, la estirpe de los que, por la fe y el bautismo, se han unido a su Hijo como miembros de su Cuerpo”

La Inmaculada Concepción de la Virgen María – Ciclo B:

Génesis 3, 9-15.20 / Salmo 97 / Efesios 1,3-6.11-12 / Lucas 1, 26-38

8 de diciembre de 2017.-  (P. José María Prats / Camino Católico)  Antiguamente, cuando la mayor parte de la gente no sabía leer ni escribir, las imágenes de las iglesias representadas en frescos, esculturas y vidrieras, tenían una función catequética muy importante. A través de ellas se explicaba a los fieles la historia de la salvación, que quedaba así fijada visualmente para siempre en su memoria.

En nuestra Parroquia de San Juan de Horta tenemos un magnífico retablo dedicado a la Inmaculada Concepción de María, obra del pintor Joan Torras i Viver, que nos puede ayudar a explicar con imágenes este gran misterio que hoy celebramos y que podemos contemplar a la derecha de estas líneas.

Pecado original

Empecemos por el principio. La escena de la izquierda representa el pecado original cuyo relato hemos escuchado en la primera lectura: Tentados por el Maligno, Adán y Eva se niegan a acoger el designio de Dios para la creación, figurado en el árbol del conocimiento del bien y del mal, y, cegados por el afán de poder, aspiran a ser como Dios, buscando su propia gloria al margen de Él.

Rechazando el designio divino, rompen la harmonía del paraíso y tienen que salir de él. Junto a Eva vemos al ángel sosteniendo la espada de fuego que Dios puso a la entrada del Edén para cerrar el acceso al árbol de la vida. El color oscuro de Eva, que contrasta con la luminosidad del ángel, nos indica que por su desobediencia ha perdido la vida sobrenatural de la gracia.

María es la Nueva Eva

Pero, como hemos escuchado en la primera lectura, Dios, dirigiéndose a la serpiente, anuncia que la salvación llegará a través de otra mujer: «establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón». Y esta mujer es María. Ella es la que “cambia la suerte de Eva”, como leemos en el retablo: Mutans Hevae nomen. En Ella se inicia una nueva historia, la historia de la gracia y de la victoria sobre el pecado.

Esta historia comienza en el seno de otra mujer –Santa Ana– donde es concebida María, quien desde el primer instante de su existencia permanece ajena a todo pecado, tal como proclama el dogma que hoy celebramos.

Las manos tan juntas de María recuerdan los ritos feudales de vasallaje y evocan su obediencia incondicional a Dios. Si Eva, buscando la autonomía frente a Dios, perdió la gracia, María buscará ser siempre «la esclava del Señor» y permanecerá «llena de gracia» toda su vida. Así lo proclaman la inscripción Ave gratia plena y los ángeles del cielo, que la saludan sosteniendo su emblema (AM: Ave Maria) y regocijándose en el anuncio de su victoria sobre el pecado: Tota pulchra es Maria et macula originalis non est in te. Están celebrando una nueva forma de vida que aparece en el mundo: la vida de la gracia, la vida que vence sobre el pecado y sobre su instigador, Satanás, el cual se había adueñado de la esfera del mundo, pero es ahora pisoteado por María.

Maternidad de María

Pero ¿por qué María recibe esta gracia tan sobreabundante? La respuesta nos la da santa Isabel, la mujer representada a la derecha acogiendo en su casa a la Virgen con estas palabras: «Quién soy yo para que me visite la Madre de mi SeñorMater Domini Mei: María ha sido destinada a ser la Madre de nuestro Señor, del Hijo eterno de Dios, y Aquél que es el origen mismo de toda gracia, no puede proceder de una fuente contaminada por el pecado.

Pero María no es sólo la Madre del Señor; es también –como dice el Génesis– madre de “una estirpe”: «establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya». Esta estirpe es el Pueblo de Dios, representado en la corona de doce estrellas que lleva sobre su cabeza, la estirpe de los que, por la fe y el bautismo, se han unido a su Hijo como miembros de su Cuerpo.

Exaltación de María

Pero María se ha asociado tan íntimamente a su Hijo y a su obra redentora, que comparte también con Él su resurrección en cuerpo y alma y su soberanía sobre toda la creación. Por eso, en la parte superior del retablo, vemos a los ángeles coronándola y proclamando: Exaltata est Sancta Dei Genetrix (es exaltada la Santa Madre de Dios).

Nosotros, sus hijos, peregrinos todavía en este mundo, imploramos su intercesión diciendo: Ora pro nobis, Sancta Dei Genitrix, ut digni efficiamur promissionibus Christi.

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 

Y entrando, le dijo:

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.

El ángel le dijo:

«No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

María respondió al ángel:

«¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?».

El ángel le respondió:

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios».

Dijo María:

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Lucas 1, 26-38

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