La monja Suso Kottirikal vio cómo apedreaban a los hijos de los leprosos, se fue a vivir entre ellos y ahora son la envidia

“Es muy simple. Los amo. Yo quiero hacer algo para mejorar su vida, ya que nuestra sociedad conservadora los rechaza. La difícil situación de los leprosos en nuestro país es tan lamentable que no se les permite extraer agua de un pozo… Si realmente quiere experimentar el amor de Dios, tendrá que salir de la maravillosa tierra de la vida religiosa y dedicar su vida a servir a los necesitados, compartiendo sus alegrías y dolores. Esto le forma como verdadero hijo o hija de Dios”

15 de febrero de 2017.- (Javier Lozano / Religión en Libertad  Camino Católico)  Siguiendo la senda marcada por San Damián de Molokai, la religiosa Suso Kottirikal dejó una vida cómoda en un colegio de la India para irse a vivir entre los leprosos en pueblo creado para albergar a estas personas rechazadas por la sociedad. Y así es como Asha Gram se convirtió en el “pueblo de la esperanza”.

Tomó esta drástica decisión hace décadas tras observar directamente cuánto rechazo había hacia los leprosos y cuántos sufrimientos experimentaban éstos. En ellos vio auténticamente el rostro de Cristo sufriente.

Una imagen que nunca olvidará

En declaraciones que recoge Info Catho, esta religiosa de la congregación de las siervas pobres de Jesucristo recuerda cuál fue el punto de inflexión para dejar todo. Ocurrió en la década de los 80 cuando el personal del colegio en el que estaba no dudó en expulsar a los hijos cuyos padres se vieron afectados por la lepra. “Estos niños sólo querían sentarse y asistir a clase, pero no pudieron entrar en la escuela porque no les dejaban mezclarse con otros estudiantes”, cuenta Suso, que añade que “incluso vi a profesores arrojar piedras a estos niños. Nunca lo olvidaré”.

Esa imagen que sigue grabada a fuego en su retina provocó, sin embargo, una gran obra en favor de los últimos de los últimos. Pese a que desde ese momento la religiosa quiso servir a los leprosos no consiguió el permiso de su congregación hasta 1994. Y no dudó en irse directamente a vivir a Asha Gram, el pueblo de los leprosos levantado por el gobierno indio en 1983.

Ni los médicos se atrevían a ir

Allí, junto a dos hermanas más de su congregación presta atención médica a los pacientes pues “los médicos y las enfermeras son a su vez reacios a venir a este lugar por temor a contagiarse”.

Una vez llegó, supo que su lugar estaba ahí y que debería vivir entre ellos para poder servirles de verdad. Y además de ayudar médicamente a los enfermos ella tenía una misión pendiente, que la perseguía desde aquella escena de los niños siendo apedreados.

Recogió a todos los niños y les dio una educación

Y por ello se decidió y empeñó en abrir una escuela para los hijos de los leprosos. En una entrevista en Global Sisters Report, Suso Kottirikal cuenta que un día“empecé a recoger a los hijos de los leprosos y les enseñé bajo un árbol. Enseñé a los niños por la mañana y a las personas mayores por la noche. Leprosos y otros aldeanos se unieron a mis clases. Se les enseñó cultura general, higiene, la forma de limpiar sus heridas así como la lectura y la escritura. Ahora, toda persona mayor de 50 años de este enclave sabe leer y escribir”.

Su empeño consiguió transformar sus clases en un árbol en un colegio oficial que en la actualidad tiene 110 alumnos, 80 de ellos niñas. Una de sus exalumnas, Sunita Nagrawe, tiene 25 años, proviene de este pueblo de los leprosos y pudo estudiar un grado de oficial administrativo y financiero que le sirvió para aprobar una oposición pública. “Nunca podría haberme acercado a la puerta de un colegio y mucho menos asistir a clase. Sin Suso no me hubiera saludado y ayudado”.

"Vivía con nosotras como una más"

La madre de esta joven, Mahali, recuerda la llegada de esta monja a este poblado hasta entonces “maldito”. Fue una sorpresa para todos:“ella empezó a vivir con nosotros como si fuera uno más, curando heridas y ayudando. Ella comenzó formando a los niños bajo un árbol para enseñarles a escribir porque no tenían una habitación”.

Al vivir con los leprosos, esta monja también pretende devolver la dignidad que han querido robar a las víctimas de esta enfermedad y también sensibilizar a la población cercana de que la lepra no es hereditaria ni es transmitida por contacto. Ella es el ejemplo de que se puede vivir con los leprosos sin contraer la enfermedad.

Venciendo los prejuicios y la discriminación

Su trabajo no se ha centrado en este “pueblo de la esperanza” sino que también ha salido mucho a los pueblos de alrededor y su escuela ha sido su gran aliada para romper todos estos muros y prejuicios. “Es la ignorancia la raíz de tal discriminación. Se necesita más conciencia en la sociedad de la India para ayudar a estas familias y permitir a sus hijos llevar una vida normal”.

A su escuela ya no van únicamente los hijos de los leprosos y tras vencer los miedos de la gente hijos de pueblos vecinos van a clase a esta villa. “Inicialmente, eran reacios y escépticos. Sin embargo, poco a poco comenzaron a enviar a sus hijos a la escuela después de notar que ofrecía una educación de calidad. La principal razón para el cambio de actitud fue nuestro esfuerzo para enseñar a la gente que la lepra no es contagiosa, pero curable. Mi estancia con los leprosos también convenció a los aldeanos”, explica ella.

Ni el cáncer le ha conseguido separar de sus niños

A sus 73 años sigue con su actividad frenética y ni un cáncer de mama ha conseguido que deje de atender a los enfermos y a los niños de las 100 familias que viven actualmente allí. “Es muy simple. Los amo. Yo quiero hacer algo para mejorar su vida, ya que nuestra sociedad conservadora los rechaza. La difícil situación de los leprosos en nuestro país es tan lamentable que no se les permite extraer agua de un pozo”.

Por último, Suso Kottirikal envía un claro mensaje a los religiosos: “si realmente quiere experimentar el amor de Dios, tendrá que salir de la maravillosa tierra de la vida religiosa y dedicar su vida a servir a los necesitados, compartiendo sus alegrías y dolores. Esto le forma como verdadero hijo o hija de Dios”.

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