A Vera Sofia, rusa, joven y atea, Dios le dejaba señales y ella las fue atendiendo todas hasta bautizarse católica

* «En abril de 2009 me convertí. Antes me sentía orgullosa de ser atea; después comprendí que creía en Dios. Me di cuenta de que el bien que sentía que necesitaba era Dios. Empecé a leer de nuevo la vieja Biblia para niños y aprendí a rezar a la luz aún débil e incierta que había recibido como un don inesperado. Cuando entré por primera vez en una iglesia católica me sentí como en casa, envuelta por una presencia que ama, que perdona, que acoge. Desde entonces intenté profundizar mi fe. Mientras tanto, había empezado la carrera de Medicina. Todo lo que estudiaba me daba más pruebas de la existencia de Dios, me convencía del genio y la sabiduría del Creador. Comprendí que la ciencia era una demostración del hecho de que Dios existe»

4 de noviembre de 2017.-(Vera Sofia/ Religión en Libertad/ Camino Católico)  A través de caminos misteriosos, Dios sigue llamando a sus hijos, como en el relato en primera persona de la conversión de la joven rusa Vera Sofia que recoge la página web de la Fraternità San Carlo y traducido del italiano por Religión en Libertad:

Si pienso de nuevo en mi historia, tengo que reconocer que necesité muchos años antes de encontrar el valor suficiente para hablar con un sacerdote. Pude hacerlo el año pasado cuando, sentada en un banco, mientras esperaba con ansiedad al padre Giampiero, capellán de la comunidad italiana en la iglesia de San Luis de los Franceses en Moscú, donde cantaba desde hacía un tiempo en el coro, rezaba: «Señor, ¡permite que me quede en tu santa Iglesia!».

Lo que siempre deseé

Cuando llegó, le conté mi historia de manera inconexa. Él me escuchó atentamente, me tomó en serio y me propuso empezar una catequesis para prepararme al bautismo. Pensé que me rechazaría y encontré un abrazo paternal. Ante mí se abría el camino hacia lo que había deseado durante muchos años. El camino, la verdad, la vida...

Nací en Moscú, en una familia de ingenieros y físicos, en un ambiente totalmente ateo. En nuestra casa no se hablaba de Dios. Se le consideraba un mito que la gente se había inventado para explicar el mundo cuando la ciencia aún no había avanzado. En el mundo contemporáneo, obviamente, ya no había sitio para la religión. Yo también pensaba lo mismo y estaba orgullosa de ser «como todos en mi familia».

Cuando tenía cinco años mi abuela, también ella atea convencida, nos leía a mi hermana y a mí la edición infantil de la Biblia. La utilizaba para nuestra educación cultural, y para nosotras era como uno de los muchos cuentos que nos contaban.

Pero en abril de 2009 me convertí.

Una sucesión de señales

Sólo muchos años después comprendí realmente la importancia de la fe, pero a pesar de todo esa fecha ha dividido mi vida en un antes y un después. Antes me sentía orgullosa de ser atea; después comprendí que creía en Dios. ¿Había sucedido algo extraordinario? No.

Tenía 14 años y quería un perro y mis padres me habían dicho que no. Me había sentido ofendida e infeliz hasta que, de repente, me acordé de las peleas con mi hermana, de mi pereza, de la desobediencia. Deseé ser distinta, más humilde y mansa.

En ese momento me di cuenta de que el bien que sentía que necesitaba era Dios.

Empecé a leer de nuevo la vieja Biblia para niños y aprendí a rezar a la luz aún débil e incierta que había recibido como un don inesperado.

El segundo momento importante sucedió un año después, durante un breve viaje a San Petersburgo. Cuando entré por primera vez en una iglesia católica me sentí como en casa, envuelta por una presencia que ama, que perdona, que acoge. Desde entonces intenté profundizar mi fe. No tenía a nadie a quien dirigirme y no me atrevía a hablar de ello en casa.

Mientras tanto, había empezado la carrera de Medicina. Todo lo que estudiaba me daba más pruebas de la existencia de Dios, me convencía del genio y la sabiduría del Creador. Comprendí que la ciencia era una demostración del hecho de que Dios existe.

Empecé a ir a un breve curso de Filosofía y, de nuevo, me sorprendió la perpetua búsqueda humana. En ese periodo empecé a formar parte de una asociación voluntaria de guías para turistas extranjeros.

Evitaba hablar de religión, por lo menos hasta el día en que conocí a una familia de Salerno (Italia). Eran personas simpáticas, abiertas y me hicieron la pregunta habitual: «¿Eres ortodoxa?». No sé por qué, esa vez respondí diciendo la verdad: que no estaba bautizada, que estaba pensando en ello, que no conseguía elegir entre la Iglesia ortodoxa y la católica. Ese verano fui a visitarlos a Italia y con ellos, por primera vez, fui a misa. ¡Qué día más feliz!

El placer de cantarle al Señor

De nuevo en Moscú, a menudo me refugiaba en la catedral para pasar algunas horas en silencio y en oración. ¡Cuántas dudas tenía! Si con la razón intentaba convencerme a mí misma que la ortodoxia era para mí la mejor elección, el corazón me empujaba más allá y rezaba al Señor para que me ayudara en mi decisión. Fue decisivo un viaje que hice a Roma: la misa diaria, la visita a las iglesias antiguas, los lugares del martirio de los primeros cristianos.

Cuando volví a Moscú empecé a ir a misa a la parroquia de San Luis de los Franceses. Me dolía mentir a mi madre sobre cómo pasaba esas horas el domingo. Desde hacía un año iba a un curso de canto lírico y no había nada que me pareciera más hermoso que poder cantar para el Señor.

Así, a finales de mayo de 2015, pedí permiso para cantar en el coro de la parroquia. En mi casa estaban tranquilos, pensaban que iba a la iglesia sólo por el placer de cantar. Por último, tuve el coloquio con el párroco. Me sentí acogida de nuevo. ¡Qué generoso ha sido conmigo el Señor!

Ese encuentro con el padre Giampiero marcó la etapa decisiva de mi camino. Le estoy profundamente agradecida porque me ha ayudado a afrontar mis dudas, ha respondido a mis incesantes preguntas, me ha confirmado en la fe.

Vera Sofia
 
(Traducción del italiano por Helena Faccia Serrano)

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