Denis Mukwege ha operado, todos los días 18 horas seguidas, a 50.000 víctimas de brutales violaciones y anuncia al mundo que «Dios es misericordia»

* «Nunca había planeado así mi vida, esto es un accidente pues yo había estudiado para curar la mortalidad infantil. Dios nos da su gracia, pero también la capacidad de elegir. No somos sus esclavos. El que no ve en el otro la imagen de Dios es su pecado. No es de Dios, sino de la perversión humana de la que viene el pecado»

14 de enero de 2018.- (J. Lozano / Religión en Libertad / Camino Católico) Denis Mukwege ha sido en dos ocasiones candidato a premio Nobel de la Paz, ha recibido el Premio Sajarov de Derechos Humanos del Parlamento Europeo, la ONU ha reconocido su labor. Todo muy a su pesar. Porque este cirujano congoleño nunca querría haber sido protagonista aunque ante el mal que presenciaban sus ojos quiso mostrar al mundo la “misericordia” de Dios en medio del infierno.

Llamado Papa Denis por sus miles de pacientes es también conocido en el mundo como“el hombre que repara a las mujeres”, título del documental que cuenta su historia de cómo sin pretenderlo se ha convertido en el gran experto en cirugías en mujeres y niñas que han sido brutalmente violadas en grupo.

La violación en masa, un arma de guerra

Durante los múltiples conflictos bélicos y étnicos que se han producido durante las últimas décadas en el Congo o Ruanda, en muchos casos las mujeres fueron utilizadas como armas de guerra para expandir el miedo a la población. Decenas de miles de mujeres, y también niñas, eran violadas por soldados y guerrilleros múltiples veces y en grupo.

Este médico habla de “estrategia de terror” y lejos de vivir una vida cómoda en Europa, donde terminó de formarse decidió jugarse la vida, hasta en cinco ocasiones han intentado asesinarle, para ayudar a estas chicas destrozadas física, psicológica y espiritualmente que llegaban a él.

Su vida iba por otro camino

“Nunca había planeado así mi vida, esto es un accidente pues yo había estudiado para curar la mortalidad infantil”, asegura el doctor Mukwege con una biblia en la mano durante una entrevista con Famille Chretienne.

Viendo el drama que vivía su país terminó de formarse en Francia. Pudo quedarse allí pero decidió volver a su tierra y abrir un hospital en Lemera. Con la guerra civil en 1998 empezó la gran catástrofe con la llegada de su primera paciente: “Esta mujer, que había sido violada, estaba gravemente herida genitalmente. Antes de tres meses, una cincuentena de mujeres se presentaron en el hospital con secuelas idénticas”.

Día y noche operando a mujeres

Los casos se multiplicaban por cientos. Así fue como empezó sin querer a realizar operaciones para ayudar a estas mujeres destrozadas. Operaba día y noche durante 18 horas todos los días. Hasta diez cirugías practicaba en mujeres que habían sido violadas.

Luego dos veces al mes recorría andando los 30 kilómetros que le separaban de Bukavu, donde vivían su mujer y sus hijos.

En 1996, este centro sufrió un brutal ataque y las pacientes fueron asesinadas en sus camas. Entonces, fundó el hospital Panzi de Bukavu, donde él y su equipo han operado ya a más de 50.000 mujeres víctimas de estos horribles ataques.

Enseñar a amar a los hijos frutos de la violación

El doctor Mukwege se empeñó también en dar techo y también apoyo psicológico a estas mujeres que en muchos casos habían quedado embarazadas de sus violadores y habían sido repudiadas por sus familias. Además, también les ayudan a amar a estos hijos, a los que en Congo denominan serpientes.

Para este médico y activista, este tipo de agresión sexual “es un arma satánica de la guerra, la destrucción de la mujer y su entorno, atacando a la Iglesia, cuya unidad básica es la familia”.

Una de sus pacientes, Claudine Mirambo, cuenta que en 2006 cinco guerrilleros entraron en su casa: “Me violaron delante de mis hijos  y después me metieron un paquete de sal en la vagina. Estaba embarazada de tres meses y aborté allí mismo. Perdí el conocimiento. Ahora tengo miedo, para mí el hombre es un destructor”.

"Mi Dios es un Dios de misericordia"

Estos son los casos con los que a lo largo de todos estos años se ha ido enfrentando el doctor Mukwege. También, son numerosas las adolescentes que llegan con terribles heridas, y que han sido ya operadas hasta dos y tres veces.

Preguntado sobre si se rebelan contra Dios las mujeres a las que atiende, este cirujano lo tiene claro: “están sostenidas por una fuerza moral y espiritual que las empuja hacia adelante. Me siento muy pequeño frente a ellas”.

Tampoco a él se le ha ocurrido acusar a Dios de estas aberraciones. “Mi Dios es un Dios de misericordia, que nos da su gracia, pero también la capacidad de elegir. No somos sus esclavos. El que no ve en el otro la imagen de Dios es su pecado. No es de Dios, sino de la perversión humana de la que viene el pecado”.

No quiere una tercera generación de víctimas

Tras veinte años operando día y noche vio que debía hacer algo más.  Estaba agotado de operar a una madre, años después a su hija, víctimas de estas violaciones brutales. “No quiero ocuparme de una tercera generación”, y dejó la clínica en manos de sus colaboradores para concienciar al mundo sobre lo que allí ocurre.

Cirujano en África, misionero en Occidente

El doctor Mukwege ha conseguido el apoyo de numerosos millonarios y famosos y también sin quererlo se ha convertido en un misionero del Occidente secularizado. Cuenta que estos ricos “quieren ser felices sirviendo al hombre: entienden que su fortuna no puede llenarlos, ¡pero necesitan experimentar que Dios los ama, y que es de Él de de donde sacamos la fuerzas para ayudar a otros. Para ayudarlos, y para lo que es aún más difícil, la fuerza para amarlos”.

Precisamente este amor a la gente a la que ha servido le ha provocado numerosos problemas. En varias ocasiones han intentado matarlo y secuestrarlo. En 2012, unos pistoleros le esperaban en la puerta de casa. Salvó la vida gracias a un guardia de seguridad, que murió.

Él se exilió en Bélgica para proteger a su familia pero sus pacientes que tanto le querían pese a ser extremadamente pobres le pagaron un billete de vuelta, le recibieron como a un “superhéroe” y ahora vive en el propio hospital y son voluntarios los que vigilan su puerta durante las 24 horas.

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