Raúl Santiago cometía actos vandálicos y fue adicto a la marihuana hasta que un encuentro con Dios cambió su vida

Escrito por Redacción. Publicado en Videos de testimonios.

* «Comencé a ir a la iglesia con un muchacho que era uno de los más malos del barrio. Acababa de salir de la cárcel y, como los muchachos de la Juventud de Acción Católica lo habían visitado cuando él estaba preso, les prometió: “¡Cuando yo salga yo los visito a ustedes!” Y con ese compañero comenzamos a ir a la iglesia… Yo quería más, tenía un hambre horrible por las cosas de Dios... Era como una esponja seca que tenía que empaparse. En cuestión como de dos años yo aprendí más de la fe que en toda mi vida… Y me entregué al Señor. Me enamoré del Señor, de Jesús»

30 de septiembre de 2017.- (Eukmamie / Camino CatólicoRaúl Santiago nació en las montañas de Puerto Rico, en una zona rural en la que toda la población era de tradición católica. Así lo explica él:

«Por lo general, todos éramos católicos por tradición. Tú nacías y eras católico, lo supieras o no lo supieras. Tan pronto como nacías te bautizaban. Te criabas en ese ambiente, pero la formación era bastante pobre. Éramos religiosos más bien por la cultura. Era lo que se esperaba. Había mucho respeto a Dios, a los sacerdotes y a las figuras religiosas, pero el conocimiento de la fe era bastante pobre».

A los catorce años se trasladó a Estados Unidos. Con sus nuevos amigos cometía actos vandálicos y fue enganchándose a diversos vicios hasta que llegó a la marihuana. Un fuerte encuentro con el Señor cambió su vida. Raúl Santiago explica su testimonio de conversión en el programa “Cambio de Agujas” de H.M. televisión, que se visualiza y escucha en el video superior.

El padre de Raúl trabajaba a temporadas en EEUU en labores agrícolas. Cuando Raúl tenía 14 años, finalmente, toda la familia se reunió en los EEUU, en el estado de Connecticut. El choque cultural fue brutal. Raúl era de por sí un muchacho tímido, pero ahora tenía que luchar con una nueva barrera: la del idioma. Tardó casi cinco años en poder comunicarse correctamente en inglés. Antes de conseguirlo, ya había abandonado los estudios de secundaria.

En su situación, el instituto le parecía una cárcel insoportable. No tuvo suerte con los amigos. Trató de compensar su carácter tímido juntándose con los que más ruido hacían en el barrio. Y comenzó un tortuoso descenso a nivel moral:

«Mis primeros amigos eran muchachos que pasaban mucho tiempo en la calle y, poco a poco, así fue como empezamos. Comenzamos fumando cigarrillos, después a beber, después a hacer más maldades… Pero nada muy serio hasta que, cerca de los dieciocho años, nos metimos en cosas más fuertes. Fue el encuentro con el mundo de las drogas y el vicio».Raúl explica con franqueza: «Estaba buscando ser alguien que yo no podía ser cuando estaba sobrio».

Su padre era alcohólico, como lo eran otros miembros de la familia paterna, así que no contó con un buen ejemplo que le frenara. Tras el alcohol llegó la marihuana, que se convirtió «en su mundo» en los siguientes años:

«Cuando yo tomaba las drogas, yo podía hacer lo que yo quería. Aquel niño tímido que tenía miedo de hablar, se escondía detrás de la marihuana. Me ponía una máscara. Era una forma de disfrazarme. El mundo de la droga era el mundo en el que yo podía ser lo que yo quería ser: el joven que no tiene miedo de hablar; el que, si ve a una chica y le quiere  hablar, no tiene miedo de hablar; el que, si quería hacer cualquier cosa de riesgo, ir a cualquier lugar, no tenía miedo… Se convirtió en la forma de yo poder ponerme una máscara. Eso lo pude descubrir más tarde pero, en ese tiempo, la razón por la que las drogas me atraían tanto era porque, cuando yo consumía drogas, podía ser el superhéroe que yo soñaba ser».

Todo su horizonte se redujo al consumo y venta de marihuana. Entró en el negocio de la marihuana no por hacer dinero, sino para tener financiación para poder consumir: «Y claro, estando en ese mundo, uno empieza a experimentar y se abren puertas a otras drogas. Hice unos cuantos viajecitos, que me fui a otros mundos. Pero la marihuana era lo principal. Probé otras drogas, como la cocaína, pues cuando uno está en ese mundo aparece de todo, pero principalmente era la marihuana».

Desde su«graduación en la marihuana» pasó alrededor de tres años de ininterrumpido descenso al infierno de la droga. Hasta que vivió una experiencia que cambió dramáticamente —pero también providencialmente— el curso de su existencia: 

«Una noche, andaba yo con uno de mis compañeros. Yo no manejaba, gracias a Dios, porque sabe Dios lo que hubiese sucedido si yo hubiese conducido automóvil... Esa noche yo había conseguido comprar una libra de marihuana. Íbamos a fumar, pero también a vender. Pero esa noche me paso algo extraño porque, cuando estaba en el auto de mi compañero, empecé a ver cosas, entré en otro mundo… Yo no había tomado ácido ni LSD esa noche, pero entré en un mundo oscuro, un mundo de tiniebla».

Raúl comenzó a experimentar un pánico tremendo: 

«Yo tenía un apodo, mi apodo era Maza. Me acuerdo que mi compañero me decía: “Maza, ¿quieres ir aquí? Y, de repente, me comenzó como un pánico, horrible. Y yo decía: “No, no”. Me seguía diciendo: “¿Quieres ir a ver a las muchachas” y yo: “No, no”. Un pánico horrible. Y comencé a decirle no a muchas de las cosas que estaba haciendo: “¿Quieres ir a fumar más hierba, más marihuana?” Y yo: “No”. Y todo lo que él me proponía hacer era un pánico horrible, un miedo terrible que yo nunca había experimentado, que yo no sabía de donde venía. Llegó el punto en el que mi amigo se cansó: “¿Pues qué voy a hacer yo?” “Pues llévame a mi casa”, le dije. Y me acuerdo que me dejó a la puerta de la casa, un edificio de cuatro pisos. Me dejó ahí y me dice: “¿Y la hierba? ¿La marihuana?” “¡Llévatela!”, le respondí».

En vez de entrar en su casa, Raúl comenzó a vagar por la ciudad, perdido en sus delirios:

«Me acordé de cuando era niño, de mis estudios de preparación para mi primera Comunión. Empecé a recordar la historia de Adán y Eva, de cuando Adán mordió la fruta prohibida. Y, en ese momento, algo me decía que las drogas que yo estaba tomando eran la fruta prohibida».

Raúl continuó caminando, caminando, atormentado por ese miedo atroz que le asediaba. Se quitó la camisa mientras continuaba caminando. Una voz trataba de alejarle lo más posible, empujándole a vagar en dirección a la autopista. Pero, otra voz comenzó a hablarle: «Tienes que volver, ahora puedes volver». Dio la vuelta y empezó a caminar de regreso hacia casa. Las voces seguían entremezclándose mientras se acercaba a su casa. La voz que le insidiaba le decía que nadie le quería:

«Del miedo, del pánico, pasé a una sensación de… Me sentí como un perrito abandonado. al que todo el mundo le da su patada. Así me sentí… Y seguí caminando, hasta que llegué cerca de mi casa. Entonces, me puse a recordar mis historias de niños, de mi primera Comunión. Me quité los zapatos y andaba ya solamente con los pantalones. El último pensamiento que me entró antes de llegar a mi casa fue que ya me sentía más limpio. Y la cuestión fue que comenzó a llover. Notaba la lluvia en mis brazos. Ya estoy cerca —me decía— y caminé más rápido. Estaba como media cuadra de llegar a mi casa, y el pensamiento que me entró fue que sentí que estaba limpio, y cuando Adán y Eva, antes de pecar, estaban desnudos y ni se daban cuenta de que lo estaban… Me quité la última pieza de ropa que tenía y, completamente desnudo, empecé a correr. Ahora sí que pude entrar a mi casa».

Su madre le abrió la puerta. Raúl se arrojó en sus brazos confesándole a la madre todo lo que había hecho en esos tres últimos años: 

«Ella no sabía qué hacer. Buscó una sábana y me arropó. Me acuerdo que estaban mis hermanitos pequeños llorando, yo estaba llorando, todo el mundo estaba llorando… Y mi mamá me arropó y yo me sentí como un niño que acababa de nacer, nací de nuevo. Mi mamá me llevó al cuarto y me puso en la cama. Me acuerdo que, antes de acostarme, yo tenía un libro que yo leía. Era pornográfico, y le dije: “Mami, ¿tú ves este libro? Esto es lo que pierde al hombre”. Y lo tiré al piso».

Su madre reaccionó culpando a sus malos amigos. Pero Raúl que, en medio de su delirio se había reencontrado con su conciencia y con la fealdad de su pecado, respondió sinceramente: «No mami, no. Es tú hijo, es tú hijo el que te ha engañado. Es tú hijo el que está haciendo esto… tú hijo el que hace aquello…».

La pobre madre no sabía qué hacer. Raúl le pidió: «Búscate a alguien que sepa de religión. Mami, busca a un sacerdote». Pero como la madre no iba a la parroquia, no sabía a quién llamar: «Como mi mamá no iba a la iglesia, no sabía qué hacer. Y yo implorándole, porque yo pensaba que me iba morir y me iba a ir al infierno. Y mi mamá, aunque no iba a la iglesia, pero tenía su rosario. Fue y se buscó el rosario, y empezó a rezar el rosario. Me acostó en la cama, y pude quedarme dormido».

Al día siguiente, Raúl se encontró con que la historia se había corrido por el barrio. Algunos amigos le preguntaron qué le había pasado. Todavía confuso, Raúl trató de explicarles:

«Yo no sé, yo no sé qué me pasó, pero algo me pasó. Ese día estaba caminando como en un trance, y seguí caminando. Y me acuerdo, y esto es una escena que yo no entiendo, que le dije “sí” a Dios, le Dije “sí” a Dios. Pero todavía no estaba preparado. Y me acuerdo que llegué a un lugar donde había una casa donde había drogas, y uno de los muchacho que me habían vendido drogas, sabían lo que me había pasado y me dijo: “¿Qué vas a hacer con la droga?” “¡No la quiero!”, le dije. Y él se va a un cuarto, saca un pañuelo con la cara de Jesucristo, y me dice: “Pues, ¿por qué no la cambias por esto?” Y yo, que no estaba preparado, le dije que no, le dije que no… No sé exactamente lo que me pasó, ese fue el comienzo».

Dos meses más tarde, Raúl quiso salir de la ciudad donde vivía. Pasó un tiempo en Miami (Florida). Vivía muy pobremente, pero hoy comprende que era parte del proceso de purificación. Cuando regresó a casa de su madre, se reencontró con un chico que acababa de salir de la cárcel. Esta vez, en vez de ser un mal amigo, el muchacho se convirtió en el camino correcto: 

«Comencé a ir a la iglesia con un muchacho que era uno de los más malos del barrio. Acababa de salir de la cárcel y, como los muchachos de la Juventud de Acción Católica lo habían visitado cuando él estaba preso, les prometió: “¡Cuando yo salga yo los visito a ustedes!” Y con ese compañero comenzamos a ir a la iglesia».

Se despertó en Raúl una increíble hambre de Dios. Comenzó a participar de todos los grupos católicos que encontraba, tanto de lengua inglesa como española, conoció la Renovación Carismática Católica:

«Yo quería más, tenía un hambre horrible por las cosas de Dios... Era como una esponja seca que tenía que empaparse. En cuestión como de dos años yo aprendí más de la fe que en toda mi vida… Y me entregué al Señor. Me enamoré del Señor, de Jesús».

Antes de dos años, el antiguo vendedor de droga se había convertido en presidente a nivel diocesano de la Juventud de Acción Católica: 

«Estaba en la luna de miel, y uno empieza a vivir ese matrimonio con la Iglesia, a vivir esa relación con el Señor… Hasta que llegó el punto en que conocí a la que es mi esposa. Una vez que me casé, tuve que quitarme un poco de mis actividades, porque ahora mi primera vocación es el matrimonio, mi esposa y mis hijos».

Raúl y su esposa continuaron su camino de fe juntos, y juntos han dado catequesis de confirmación a jóvenes durante más de veinticinco años, y ha crecido en el amor al Señor y a su Iglesia, a la que aman de todo corazón.

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