Braulio Rodríguez, Arzobispo de Toledo / En la homilía del Corpus: “Con este pan cada uno es asimilado a Cristo Resucitado”

Escrito por Redacción. Publicado en Vídeos de meditaciones y reflexiones.

“Y hay indicadores para ver cómo se da esa asimilación a Cristo. El primer indicio es nuestro modo de mirar y considerar a los demás. En la Eucaristía Cristo vive siempre de nuevo el don de sí realizado en la Cruz, de entrega de sí por amor. ¿Y me impulsa a ir hacia los pobres, los enfermos, los que necesitan algo vital? ¿Me hace crecer en capacidad de alegrarme con quien se alegra y de llorar con quien llora? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? ¿Amamos, como quiere Cristo, a aquellos más necesitados por una enfermedad, por un problema, como la falta de trabajo o de orientación? ¿Condeno el aborto, pero nada hago para acercarme a quien sufre este drama? Otro indicio es la gracia de sentirse perdonado y dispuesto a perdonar”

Video completo de la homilía de Braulio Rodríguez, Arzobispo de Toledo, en la Santa Misa del Corpus

15 de junio de 2017.- (13 TV  / Camino católico)  Braulio Rodríguez, Arzobispo de Toledo y Primado de España, ha presidido esta mañana en la Catedral de Toledo la Santa Misa en la Solemnidad del Corpus Christi en rito hispano-mozárabe. El Cardenal Mons. Antonio Cañizares, Arzobispo de Valencia, invitado por el arzobispo de Toledo con motivo de su 25 aniversario de ordenación episcopal, ha concelebrado la Eucaristía. También han concelebrado el obispo auxiliar de Toledo, Mons. Ángel Fernández Collado y el obispo emérito de Segovia, Mons. Ángel Rubio Castro.

Durante la homilía, el Sr. Arzobispo, ha comenzado afirmando que la procesión litúrgica de este día no es un espectáculo sino que“es la presencia de Jesucristo, que se prolonga por las calles y plazas, que recibe con alegría el Pueblo cristiano. No es algo inmaterial, que cambie. Es real.”

En una catedral repleta de fieles y con la participación de alrededor de 200 sacerdotes que han concelebrado la solemne Misa, Mons. Braulio Rodríguez ha invitado a todos a asimilarse a Cristo: “Cuando tomamos este pan y este vino no sucede como cuando nuestro organismo toma alimento: nuestro cuerpo lo asimila y forma parte de nosotros. Con este pan y este vino, tomado en alimento, nosotros, cada uno, es asimilado a Cristo Resucitado. Y esta operación puede ser buena o mala para nosotros. Muero por todos –viene a decir el Señor– para que todos tengan vida en mí, y con mi carne he redimido la carne de todos. Esta asimilación nuestra a Cristo tiene, pues, buenísimas consecuencias.”

El arzobispo de Toledo ha propuesto una serie de pautas para comprobar si nuestra asimilación a Cristo es real: “Hay indicadores para ver cómo se da esa asimilación a Cristo. El primer indicio es nuestro modo de mirar y considerar a los demás”.

Braulio Rodríguez ha subrayado que la Eucaristía nos ha de transformar y ha lanzado una serie de interpelaciones al respecto: “¿Me impulsa a ir hacia los pobres, los enfermos, los que necesitan algo vital? ¿Me hace crecer en capacidad de alegrarme con quien se alegra y de llorar con quien llora? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? ¿Amamos, como quiere Cristo, a aquellos más necesitados por una enfermedad, por un problema, como la falta de trabajo o de orientación? ¿Condeno el aborto, pero nada hago para acercarme a quien sufre este drama? Otro indicio es la gracia de sentirse perdonado y dispuesto a perdonar”. El texto completo de la homilía es el siguiente:

Leo con frecuencia opiniones sobre la solemnidad del Corpus Christi. Se opina de muchas cosas sobre la aparición de esta fiesta; más sobre la Procesión, en ocasiones sin aludir a la celebración de la Eucaristía, ni cuál es su peculiaridad. Existe, pues, el peligro de fijar la atención en aspectos respetables, pero no los más importantes: que si la procesión tiene las características de un desfile cívico-religioso, que si la “Tarasca” y otros simbolismos, que si pecados y demonios, que si ornamentación de las calles, que si altares o no. Sin duda: la procesión litúrgica del Corpus, tras la celebración de esta Misa no es espectáculo; es la presencia de Jesucristo, que se prolonga por las calles y plazas, que recibe con alegría el Pueblo cristiano. No es algo inmaterial, que cambie. Es real.

¿Y qué sucede con quienes contemplan a Cristo en la Custodia de Arfe y no tienen fe o la tienen con muchas dudas y poca comprensión de este misterio? Bienvenidos sean y les pedimos respeto y un corazón abierto a la belleza, que siempre es nueva. La Eucaristía es siempre una conmemoración de un sacrificio, el de Cristo, Víctima y Altar, y, por ello, es también fiesta y banquete, al que Jesús nos sienta, si aceptamos su invitación. La celebración de la Eucaristía no ha cambiado desde que, tras la Ascensión del Señor a la derecha del Padre, la Iglesia la celebra, sobre todo el domingo, día del Señor. Pueden cambiar los modos de celebrarla, los ritos, las lenguas de la celebración, los cánticos y la música.

Tenemos una tradición, que procede del Señor y se nos ha trasmitido. En la noche que Jesús iba a ser entregado, tomó pan y pronunciando la Acción de Gracias, dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Lo mismo hizo con el cáliz y recalcó: Haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía”. Aquí hay un realismo. No estamos ante un lenguaje de sociología cultural: “Cada vez que coméis de este pan proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”. Algo le ha pasado a ese pan y ese cáliz con el vino, que se puede recibir dignamente, pero también indignamente, de modo que, sin saber qué se come o bebe, se come y se bebe la condenación. En el Evangelio proclamado, Jesús habla de vida, de comida y bebida que da vida, no a la manera del maná, que comieron los padres, sino que da vida para siempre.

¿Estas obleas y este vino, aunque sean de tan buena calidad, dan la vida? No, es que ese pan y ese vino es la Presencia de Cristo, el mismo Cristo, que se llama verdadera comida y verdadera bebida. ¡Qué Presencia, pues, tan atrayente y grandiosa, la de Cristo! “En la antigua alianza había los panes de la proposición; pero, como eran algo exclusivo del AT, ya no existen. Pero en el Nuevo Testamento hay un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican el alma y el cuerpo (…). Por lo cual, el pan y el vino eucarístico no han de ser considerados como nuevos y comunes alimentos materiales (o simbólicos), ya que son el Cuerpo y la Sangre de Cristo, como afirma el Señor; pues, aunque los sentidos nos sugieren lo primero, hemos de aceptar con firme convencimiento lo que nos enseña la fe” (san Cirilo de Jerusalén, Catequesis 22, Mistagógica, 1.3-6).

Pero este alimento y esta bebida son “peligrosos”, precisamente por la Presencia de Cristo en ellos. Cuando tomamos este pan y este vino no sucede como cuando nuestro organismo toma alimento: nuestro cuerpo lo asimila y forma parte de nosotros. Con este pan y este vino, tomado en alimento, nosotros, cada uno, es asimilado a Cristo Resucitado. Y esta operación puede ser buena o mala para nosotros. “Muero por todos – viene a decir el Señor– para que todos tengan vida en mí, y con mi carne he redimido la carne de todos”. Esta asimilación nuestra a Cristo tiene, pues, buenísimas consecuencias.

Y hay indicadores para ver cómo se da esa asimilación a Cristo. El primer indicio es nuestro modo de mirar y considerar a los demás. En la Eucaristía Cristo vive siempre de nuevo el don de sí realizado en la Cruz, de entrega de sí por amor. A Él le gustaba estar con los discípulos. Lo cual significaba para él compartir sus deseos, sus problemas, lo que agitaba su alma y su vida. En esta Eucaristía, por ejemplo, nosotros nos encontramos con hombres y mujeres de muchas procedencias: jóvenes, ancianos, niños; pobres y acomodados; toledanos y de muchos lugares; con gente de su familia o solos. La Eucaristía, pues, que celebro, me lleva espontáneamente a sentirles a todos como hermanos.

¿Y me impulsa a ir hacia los pobres, los enfermos, los que necesitan algo vital? ¿Me hace crecer en capacidad de alegrarme con quien se alegra y de llorar con quien llora? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? ¿Amamos, como quiere Cristo, a aquellos más necesitados por una enfermedad, por un problema, como la falta de trabajo o de orientación? ¿Condeno el aborto, pero nada hago para acercarme a quien sufre este drama?

Otro indicio es la gracia de sentirse perdonado y dispuesto a perdonar. Así es Cristo. Mucha gente nos critica por ir a Misa: ¿Somos capaces de decirles: “Voy a Misa porque soy pecador y quiero recibir el perdón, participar en la redención de Jesús, de su perdón”? Los que celebramos la Misa dominical o a diario tenemos otra exigencia de Jesús: que haya continuación entre ir y participar de la celebración eucarística y la vida de nuestras comunidades cristianas. Cristo quiere estar en nuestra existencia e impregnarla con su gracia, de tal modo que en cada comunidad cristiana exista una coherencia entre Liturgia y vida.

Siempre han de renovar en nosotros la confianza y la esperanza, cuando escuchamos estas palabras de Cristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6, 54). Pan vivo para la vida del mundo es la Eucaristía; Presencia de Cristo que recorrerá nuestras calles y plazas en el fervor de sus discípulos. Vivamos esta celebración, para vivir después nuestro acompañar a Cristo vivo y sacramentado, puesto en esa hermosísima Custodia de Enrique de Arfe.

Braulio Rodríguez

Arzobispo de Toledo

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